DERECHO A UN MEDIO AMBIENTE SALUDABLE
Chernóbil, 26 de abril de 1986. Poco antes de la una y media de la mañana tiene lugar la explosión nuclear más grave de la historia. Mucho más que las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La nube radiactiva fue perceptible incluso en países como Alemania, Suecia o Finlandia, sin embargo, lo peor estaba por llegar.
Veinte años después, gran parte de la población de Bielorrusia, Ucrania y Rusia convive con altos índices de radiactividad. La falta de asistencia internacional sufrida durante años ha obligado a consumir productos de los huertos privados, lo que hace que las personas se sometan no sólo a la radiación externa, sino también a la interna. Los casos de cáncer, leucemia y alteraciones en el metabolismo se han multiplicado notablemente. Los controles de radiación impuestos en un principio dejaron de ser algo sistemático.
En los territorios cercanos a Chernóbil, incorporan a su “dieta” diaria el cesio-137, que es absorbido rápidamente por el organismo y puede provocar problemas gastrointestinales y de la sangre; el iodo, que se concentra en la tiroides y está aumentando en grandes proporciones los casos de cáncer infantil; el estroncio-90 que el cuerpo confunde con el calcio y provoca cáncer de médula y huesos; y el plutonio. Este último es el elemento más tóxico creado por el hombre, que no existe en la naturaleza sino como consecuencia de una reacción nuclear. El organismo reconoce el plutonio como hierro y es absorbido por los glóbulos rojos. Éste puede provocar trastornos de la sangre, leucemia, linfoma, mieloma y otras formas de tumores.
Se prevé que la radiación derivada de la explosión nuclear será perceptible durante los próximos 48.000 años. La ONU, por su parte, señaló en su último informe de 2005 que, aunque hasta el momento no se han producido más que 50 muertes como causa directa de la radiación, esta cifra se incrementará hasta alrededor de 4.000. Como único tratamiento de mejora de salud, la OMS recomienda que las personas, y especialmente la población infantil, salgan del país por dos meses al año. La pobreza extrema en la que viven, sin embargo, no posibilita que los sectores más afectados por la radiación puedan costearse el viaje.
El texto publicado por la ONU, “La herencia de Chernóbil: repercusiones sanitarias, ambientales y socioeconómicas”, pone de manifiesto que el profundo pesimismo en el que se encuentra sumida la zona afectada frena cualquier iniciativa por mejorar la situación. Además, pide que se actualicen los programas de rehabilitación y prestaciones sociales iniciados por la antigua Unión Soviética, de manera que tengan en cuenta el cambio de la situación de la radiación, las deficiencias en la selección de las personas beneficiarias y la escasez de fondos.
A nivel internacional, solicita que las ayudas se centren en las zonas más afectadas, así como en eliminar los programas que promueven la dependencia y la mentalidad victimista, para sustituirlos por iniciativas que creen oportunidades, respalden el desarrollo local e infundan la confianza en un futuro que, en muchos casos, hace tiempo que han perdido.
Por otra parte, existe una corriente de acérrima defensa de la energía nuclear. Estas personas afirman que las radiaciones que emiten los reactores en su normal actividad son mucho menores que las irradiadas por los aparatos eléctricos que tenemos en nuestros hogares. Además, consideran que el riesgo de que se repita un accidente de estas características es mínimo contando con las modernas medidas de seguridad.
Sin entrar en el debate acerca de la energía nuclear, el problema lo constituyen las miles de personas que viven en un entorno contaminado por el ser humano. Y si, tal y como se afirma desde diversas instancias, las consecuencias no fueron tan graves, lo cierto es que muchos ciudadanos y ciudadanas viven sumidos en la miseria por falta de una ayuda exterior que les permita empezar de nuevo.